SE CREEN IMPUNES
Como ya sabrán ustedes si viven en este planeta, Julio
Iglesias ha sido acusado por dos de sus exempleadas de abuso sexual y laboral
en condiciones de aislamiento y coacción, en unos términos que llevan el asunto
hasta la consideración de trata de mujeres.
Esta denuncia contra el cantante se parece mucho a casos como
el de Jeffrey Epstein, el de Harvey Weinstein o el de Dominique Strauss-Kahn.
Todos ellos son ejemplos extremos del ejercicio del poder a través del sexo,
todos ellos se generan en el cruce entre patriarcado y capital, esa alianza
criminal.
Ellos se creen impunes y es normal que así sea porque el
patriarcado ofrece a los hombres un sistema universal y transversal de
desigualdad que les otorga privilegios tales como acceder a los cuerpos de las
mujeres cuando se les antoje, además de protegerles de las posibles críticas.
Esa protección se basa siempre en culpabilizar a las víctimas con un
argumentario que se repite hasta la náusea: la acusación es falsa, la relación es
consentida o ella se lo ha buscado. A menudo se emplea una mix de los tres argumentos,
aunque sean contradictorios, porque el disparate no exige coherencia.
Según las informaciones de la investigación realizada
durante tres años sobre estos abusos, Julio Iglesias ha sido impune de las
supuestas y terribles agresiones hasta el día de hoy, con 82 años, un poco más
y se va de rositas. Y siendo así, ¿por qué iba a cuestionarse sus actos ni por
un momento? Operaba con auténtica patente de corso. Incluso ahora que todo ha
salido a la luz tiene numerosos defensores.
A Isabel Díaz Ayuso, esa trumpista cañí y enfant terrible
del PP, le ha faltado tiempo para salir a defender ¿a las mujeres agredidas?,
no, de eso nada. Ha salido a defender al gran artista agraviado. No ha sido la
única: Ana Obregón, Ramón Arcusa, Jaime Peñafiel, José Manuel Soto… Y es que para que este tipo de atropellos se
lleven a cabo y la impunidad sea total, siempre son necesarios los y las colaboracionistas,
mamporreros del poder y del abuso.
Porque, según todos los indicios, más que un truhan y un
señor Julio Iglesias es un truhan y un agresor. Por lo visto esa figura del gran
tombeur de femmes (como calificaba Vilallonga al rey emérito), del
conquistador, del donjuán es una categoría que queda justo al lado de la de
depredador sexual y a veces, muchas veces, se solapan. Lo hemos visto en
entrevistas y actuaciones babear encima de mujeres en actitudes que en este
momento serían punibles y hemos pensado que era solo un baboso, pero hay un
abismo entre baboso y depredador y según las investigaciones todo apunta a que
Julio Iglesias es lo segundo.
Sus defensores y defensoras o lo niegan o hablan de consentimiento. Pero este
no existe si no hay libertad de elección. Ya se aseguraba él de que fueran
jóvenes (no solo por la turgencia, también por la vulnerabilidad), pobres y
racializadas, además de someterlas a un aislamiento en el que existía la
prohibición de trabar amistad y se las iba cambiando de una mansión a otra. Es
la misma práctica, qué casualidad, llevada a cabo en los prostíbulos nutridos
por mujeres en situación de trata. El caso tiene mucho en común con el poder
que ejercen los proxenetas: aislamiento, violencia, coacción, amenazas. Al
igual que en la prostitución no hablamos de placer sino de poder, el que puede
ejercer un hombre sobre una mujer y que siempre depende de la desigualdad
económica y social.
Quienes le defienden argumentan que él, epítome del seductor
(rancio, añadimos nosotras), no tendría necesidad de caer tan bajo porque podría
fácilmente conquistar a cualquier mujer. Pero el impulso es ejercer el poder de
forma total, cosa que no podría hacer con mujeres en el juego de la seducción,
donde se da una relación más igualitaria. El consentimiento viciado completa el
círculo de la cobertura moral: ellas son libres de aceptar. Pero sabemos que no
es cierto, ellas no son libres, están coaccionadas por el hombre poderoso e
influyente, por una desigualdad sideral, por la pobreza y por la falta de
oportunidades.
Ellos lo hacen porque pueden hacerlo. Imposible no recordar la violación de
Neruda a una empleada tamil, relatada con toda tranquilidad en su autobiografía
“Confieso que he vivido”. De nuevo la terna mujer, racializada y pobre; ella era
la encargada de vaciar las letrinas mientras que él era cónsul en Sri Lanka. Aquella
confesión romantizada de una violación se pasó por alto hasta que una revisión
feminista vino a colocarla en el lugar ignominioso que le corresponde.
Ellos impunes, ellas siempre cuestionadas. Cuando las mujeres rompen su
silencio empieza un nuevo calvario: el cuestionamiento, la lentitud de la
justicia, la actitud machista de algunos jueces. La impunidad se rompe así, con
estas denuncias. Pero no es fácil porque el poder sigue estando del mismo lado.
https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2026/01/22/creen-impunes-125944632.html