BAD BUNNY: ¡SEGUIMOS AQUÍ!
En estos tiempos desesperanzados de pronto y contra todo
pronóstico, me ha traído esperanza un cantante al que mis hijas y mi hijo
veneran y al que yo detestaba cordialmente: Bad Bunny. Quién me lo iba a decir
a mí…
Me ha traído esperanza por varios motivos: se ha convertido
en la voz de los perseguidos, cantando en español; ha politizado contra la
represión trumpista a una generación de jóvenes muy desmovilizada y le ha dado
al tirano una bofetada en la mejilla más yankee: el intermedio de la Super Bowl.
Bud Bunny ha reivindicado políticamente lo latino con música
y baile y la gente ha disfrutado de la actuación. Me ha traído esperanza porque
el tirano le teme con ese temor que se viste con los ropajes del desprecio al
expresarse y ha recibido su actuación como una ofensa. Benito Antonio Martínez
Ocasio está señalando la desnudez en forma de crueldad de este neo rey
plutócrata que es Trump.
El cantante puertorriqueño ha sido el portavoz, tanto en los
Grammy como en la Super Bowl, de los millones de latinos residentes en E.E.U.U.
que hoy viven aterrorizados por Trump y su ICE-Gestapo y les ha gritado:
¡Seguimos aquí!, Seguimos aquí y no nos escondemos ni pedimos perdón, porque
tenemos derecho a existir. Ha contestado a la política de miedo y represión con
música, color, vida y alegría. Y con orgullo, orgullo de ser latino. Su mensaje
en ambos espectáculos ha sido muy potente: lo único más poderoso que el odio es
el amor.
Frente a unas políticas que pretenden invisibilizar, borrar,
secuestrar, encarcelar y echar del país a las personas de origen sudamericano y
en general a las no blancas (Melania es eslovena y habla inglés peor que
Cantinflas, pero por suerte para ella, su piel es blanca), el cantante ha
demostrado que no se puede negar la existencia a millones de personas. La vida
es más poderosa y se desliza por las grietas del sistema. Y lo ha hecho en el
programa más visto del país, el descanso de la Super Bowl, a cuyo escenario ha
llevado un fárrago de baile latino, una casita llena de gente (desde Pedro
Pascal a Lady Gaga) y una plantación de caña de azúcar dejando a Trump con las
ganas de deportar el espectáculo en su totalidad manifiesta mientras escupe su
rabia en Truth Social, como suele hacer.
En una generación de jóvenes no politizados, el cantante ha
conseguido emocionar a sus fans con un discurso de panamericanismo
profundamente político (mencionó los países del continente arropado por un
desfile de todas las banderas). Este tipo de actuaciones son imprescindibles
mientras las persecuciones terribles del demente naranja sigan haciendo daño,
separando familias, secuestrando niños, asesinando impunemente en las calles.
Necesitamos que los cantantes, que mueven masas, se posicionen, como lo ha hecho
Bad Bunny, como lo ha hecho también Bruce Springsteen en su canción The streets
of Minneapolis en la que señala los nombres de las víctimas y de los
victimarios.
Bad Bunny se ha negado a hacer una gira por E.E.U.U. con su
espectáculo DTMF (Debí tirar más fotos) porque teme que sus fans sean
secuestrados a la salida o la entrada de los conciertos. Es asombroso lo rápido
que hemos integrado la existencia de un aparato represor masivo que persigue a
personas por su origen, por su color de piel y por el acento de su voz. Cómo
hemos llegado a esto. Cómo podemos soportarlo.
Los jóvenes también están hartos pero sus gustos, sus
inquietudes y sus intereses son distintos de los de generaciones precedentes. Hay
que encontrarse con ellos en contextos que tienen que ver con las redes, el
ocio, la música, la expresión artística.
Si en el feminismo decíamos hace pocos años: si no puedo
bailar, no es mi revolución, es porque resulta imprescindible reivindicar la
alegría para avanzar y para crear comunidad. Los jóvenes (y también los no jóvenes) que,
perdón por la obviedad, son el futuro, para que sea su revolución necesitan que
se pueda bailar. Y eso se lo da de sobra Bad Bunny.
https://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2026/02/16/bad-bunny-seguimos-126871502.html
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