Cuando aún no tiene
visos de acabarse la guerra de Ucrania, país que no sabíamos colocar en un mapa
hasta que una invasión nos hizo saber que era imprescindible para nuestra
economía, el dúo Netanyahu y Trump, criminal de guerra y depredador sexual
respectivamente, arrastra al mundo a una situación de violencia todavía mayor
con los ataques contra Irán. La larga sombra de Epstein sobre el presidente
estadounidense está saliendo carísima en vidas humanas, en destrucción de
infraestructuras y en disolución de reglas de juego internacionales. Su
fantasma y la influencia que pueda tener sobre las elecciones de mitad de
mandato están provocando una aceleración en el cambio de paradigma mundial que
propone Trump y empujando al planeta a una guerra total. Ellos gobiernan el
mundo, ellos acabarán con el mundo. Mientras tanto, la comunidad internacional
hace un seguidismo lamentable a un payaso con la cara naranja y a un asesino
despiadado. Se nos acaba la esperanza en el futuro.
Crecimos
impulsados por bellas utopías: la del cristianismo primitivo, tan parecido al
comunismo antes de que el poder lo corrompiera, la del comunismo teórico tan
parecido al cristianismo antes de que el poder y la realpolitik lo
corrompieran, la del flower power hasta que sus protagonistas se
hicieron definitivamente adultos y se comieron las flores en caros platos de
autor, la de la agricultura extensiva que iba a acabar con el hambre en el
planeta hasta que descubrimos que no iba acabar con el hambre pero sí con el
planeta.
Hemos construido un mundo que da miedo y todo es pura distopía. La cultura se
hace eco de la realidad y en cine, en series, en literatura triunfa la temática
distópica. Vivimos esperando la próxima catástrofe, la próxima guerra, la
próxima pandemia, el colapso nuclear, el apocalipsis. Vemos más cercano el fin
del planeta que el fin del capitalismo. Y yo, que siempre tiendo al optimismo,
me pregunto cómo podremos vivir sin esperanza. Descansamos sobre lechos en
llamas y aun así nos negamos a despertar. El planeta arde en verano y es
devastado en invierno por inundaciones sin precedentes, pero los políticos que
nos gobiernan se niegan a creer que lo que está sucediendo esté sucediendo de
verdad ni que tenga que ver con nosotros. Cometen aquí un doble pecado: el
pecado de la desmesura y el pecado de la soberbia. La soberbia les hace creer
que el planeta está en función de los seres humanos y no al revés, que todos
los recursos están a disposición de los hombres, que el planeta todo ha sido
creado únicamente para disfrute del primate superior. La desmesura les impulsa
a sostener un consumo voraz, a mantenerse en el error letal del capitalismo, el
sostén de la devastación. Pero la realidad es tozuda y el planeta se retuerce y
las cosas suceden, aunque ellos no les hayan dado permiso para suceder.
¿Viajamos en el
vientre de un caballo de Troya que ignora que está siendo devorado por la
carcoma? Una carcoma que se llama pandemia, guerra, amenaza nuclear, colapso
ecológico, calentamiento global, extinción de especies, agotamiento de
recursos, superpoblación. Avanzamos por inercia, seguimos adelante, elaboramos
proyectos como si fuéramos eternos, como si fuéramos a salir intactos de esto. Vemos
en el telediario el cálculo de lo que tarda un misil desde Kaliningrado a
Murcia (8 minutos y 13 segundos) y creemos que no va con nosotros. Creemos que
nos va a dar tiempo…
Queremos entrar con
este caballo en el futuro, como los aqueos entraron en Troya, pero el caballo
se va desmoronando como un iceberg a cuarenta grados. Nos falla hasta el
lenguaje: sentimos horresco referens, el miedo a la referencia. Es la
angustia que nos atenaza cuando aquello de lo que vamos a hablar es de un
espanto tal que excede la capacidad de ser puesto en palabras. Cómo seguir
teniendo esperanza y cómo vivir sin ella.
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