martes, 10 de marzo de 2026

¿QUEDA ESPERANZA?

 

¿QUEDA ESPERANZA?

  

Cuando aún no tiene visos de acabarse la guerra de Ucrania, país que no sabíamos colocar en un mapa hasta que una invasión nos hizo saber que era imprescindible para nuestra economía, el dúo Netanyahu y Trump, criminal de guerra y depredador sexual respectivamente, arrastra al mundo a una situación de violencia todavía mayor con los ataques contra Irán. La larga sombra de Epstein sobre el presidente estadounidense está saliendo carísima en vidas humanas, en destrucción de infraestructuras y en disolución de reglas de juego internacionales. Su fantasma y la influencia que pueda tener sobre las elecciones de mitad de mandato están provocando una aceleración en el cambio de paradigma mundial que propone Trump y empujando al planeta a una guerra total. Ellos gobiernan el mundo, ellos acabarán con el mundo. Mientras tanto, la comunidad internacional hace un seguidismo lamentable a un payaso con la cara naranja y a un asesino despiadado. Se nos acaba la esperanza en el futuro.

 

Crecimos impulsados por bellas utopías: la del cristianismo primitivo, tan parecido al comunismo antes de que el poder lo corrompiera, la del comunismo teórico tan parecido al cristianismo antes de que el poder y la realpolitik lo corrompieran, la del flower power hasta que sus protagonistas se hicieron definitivamente adultos y se comieron las flores en caros platos de autor, la de la agricultura extensiva que iba a acabar con el hambre en el planeta hasta que descubrimos que no iba acabar con el hambre pero sí con el planeta.


Hemos construido un mundo que da miedo y todo es pura distopía. La cultura se hace eco de la realidad y en cine, en series, en literatura triunfa la temática distópica. Vivimos esperando la próxima catástrofe, la próxima guerra, la próxima pandemia, el colapso nuclear, el apocalipsis. Vemos más cercano el fin del planeta que el fin del capitalismo. Y yo, que siempre tiendo al optimismo, me pregunto cómo podremos vivir sin esperanza. Descansamos sobre lechos en llamas y aun así nos negamos a despertar. El planeta arde en verano y es devastado en invierno por inundaciones sin precedentes, pero los políticos que nos gobiernan se niegan a creer que lo que está sucediendo esté sucediendo de verdad ni que tenga que ver con nosotros. Cometen aquí un doble pecado: el pecado de la desmesura y el pecado de la soberbia. La soberbia les hace creer que el planeta está en función de los seres humanos y no al revés, que todos los recursos están a disposición de los hombres, que el planeta todo ha sido creado únicamente para disfrute del primate superior. La desmesura les impulsa a sostener un consumo voraz, a mantenerse en el error letal del capitalismo, el sostén de la devastación. Pero la realidad es tozuda y el planeta se retuerce y las cosas suceden, aunque ellos no les hayan dado permiso para suceder.

¿Viajamos en el vientre de un caballo de Troya que ignora que está siendo devorado por la carcoma? Una carcoma que se llama pandemia, guerra, amenaza nuclear, colapso ecológico, calentamiento global, extinción de especies, agotamiento de recursos, superpoblación. Avanzamos por inercia, seguimos adelante, elaboramos proyectos como si fuéramos eternos, como si fuéramos a salir intactos de esto. Vemos en el telediario el cálculo de lo que tarda un misil desde Kaliningrado a Murcia (8 minutos y 13 segundos) y creemos que no va con nosotros. Creemos que nos va a dar tiempo…

 

Queremos entrar con este caballo en el futuro, como los aqueos entraron en Troya, pero el caballo se va desmoronando como un iceberg a cuarenta grados. Nos falla hasta el lenguaje: sentimos horresco referens, el miedo a la referencia. Es la angustia que nos atenaza cuando aquello de lo que vamos a hablar es de un espanto tal que excede la capacidad de ser puesto en palabras. Cómo seguir teniendo esperanza y cómo vivir sin ella.

 

https://rrnews.es/2026/03/queda-esperanza.html

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