jueves, 7 de septiembre de 2023

ESCONDER EL ARCOIRIS

ESCONDER EL ARCOIRIS

 


Como sabéis, ya ha comenzado la retirada de la bandera arcoíris de los balcones de los ayuntamientos donde PP y Vox han ganado. La retiran porque según el líder de Vox esa bandera no representa más que a un puñado de pervertidos que quieren obligar a todo el mundo a hacerse maricón o boyera. A ver cómo les explicas que nadie obliga a ser homosexual, a ver cómo se lo explicas porque no lo van a entender. ¿Cómo lo van a entender si ellos quieren obligar a todo el mundo a ser heterosexual? Que para eso disponen de unas maravillosas terapias de conversión a la sexualidad verdadera, porque, por supuesto solo hay una. Como solo hay una religión verdadera y una sola bandera que nos representa a todos. Bueno, a todos no porque bajo esa bandera no caben:

- Nacionalistas periféricos (solo hay una nación verdadera, la suya)

- Ciudadanía LGTBI (solo hay una sexualidad verdadera, la suya)

- Inmigrantes (solo hay una nacionalidad verdadera, la suya)

- Mujeres feministas (solo hay una forma de ser mujer, la suya)

- Ecologistas (solo hay una forma de entender el futuro del planeta, la suya)

Pero ellos la quitan, nosotros la ponemos. El despliegue del Orgullo LGTBI de esta semana ha sido un bellísimo y colorido zas en toda la boca a esa gente que quiere esconder el arcoíris dentro de un armario.


PIEDRAS CONTRA LA IGUALDAD

PIEDRAS CONTRA LA IGUALDAD

La violencia de género es el terrorismo cotidiano que no cesa. Sin embargo, en estas últimas elecciones, el inexistente terrorismo de ETA ha sido introducido a martillazos en campaña por los partidos de derechas, los mismos que niegan el terrorismo machista, que de media mata una mujer por semana. Y ese terrorismo se quedará sin recursos para ser eliminado porque se le ha borrado el nombre: ya no existirá la violencia machista, una violencia específica en contra de las mujeres. A partir de ahora será un tótum revolutum que se llamará violencia intrafamiliar por llamarse algo. Involuciones socio políticas que se hacen más presentes cada día y contra las que tendremos que luchar los próximos años. El avance reaccionario quiere hacer desaparecer derechos que creíamos inamovibles. Esto demuestra que nada es inmutable, que la lucha feminista era imprescindible y lo será aún más de ahora en adelante. Cuando nos decían: “¿qué quieren las feministas si ya lo tienen todo?”. Pues no, no lo teníamos todo y siempre hemos sabido que estábamos a un paso de perder los avances conseguidos. Es terrorífico constatar con qué rapidez se pierden logros imprescindibles.

Hay noticias más que alarmantes en ese sentido. Tras las elecciones, las primeras medidas de los gobiernos de coalición reaccionarios anticipan un retroceso histórico en los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, que se quedan sin departamentos específicos que pongan en marcha políticas frente a las violencias machistas o que luchen contra la discriminación. Y por supuesto, se ha retirado de los ayuntamientos la bandera arcoíris, ese símbolo de igualdad. Bruselas da una advertencia a PP y Vox tras expresar estos su pretensión de prohibir las manifestaciones y concentraciones contra la violencia machista cada vez que se produzca un asesinato. Con esta medida acabarían de un plumazo con dos principios constitucionales básicos: el de igualdad y el de libertad de expresión. Ha tenido que venir Bruselas a recordarles que “las manifestaciones pacíficas son un derecho fundamental en todos los países democráticos”. Cuando ya creíamos que habíamos puesto las bases para seguir evolucionando, nos atrapa el pasado más cavernario.

En esa cruzada contra el feminismo que ha sido uno de los ejes de campaña de los partidos reaccionarios, siete grandes ayuntamientos (Huelva, Valladolid, Burgos, Talavera de la Reina, Toledo, Elche y Orihuela), pactados entre PP y Vox, han eliminado las concejalías de igualdad.  Sabemos que la igualdad no se conseguirá a menos que reciba el impulso institucional a todos los niveles: nacional, regional y local. Las concejalías de igualdad dejarán de existir. A cambio tenemos cultura en manos de toreros, promocionando la tauromaquia y la caza. 

En Murcia, durante el tradicional desfile del Orgullo LGTBI este pasado fin de semana, la artista Rocío Sáiz, en cuya performance mostraba el pecho, fue obligada por un policía municipal a cubrirse bajo amenaza de salir esposada. Como no hay ninguna prohibición municipal contra este tipo de espectáculos en este contexto, el policía ha sido expedientado 48 horas después por extralimitarse en sus funciones, pero está claro que el clima reinante de acoso y censura le ha empoderado en su papel de guardián de la moral. Mucho nos tememos que no será este un caso aislado.

Como tampoco será un caso aislado el de una residencia de estudiantes de Málaga donde ha aparecido un cartel que advierte sobre una “epidemia homosexual”, anima a unirse al mes de la caza y ofrece veinte euros “por cada enfermo capturado”.  La rigidez mental de los votantes de derecha se siente amenazada por expresiones de sexualidad diferentes y reaccionan con violencia. No sirve de nada recordarles que nadie obliga a nadie a ser homosexual, sin embargo, ellos sí que están dispuestos a obligar a todo el mundo a ser heterosexual. 

Vox es un partido ultramontano, pero el PP presumía de cierta modernidad: está en el pacto institucional contra la violencia de género, tiene en sus filas a Maroto encargado de un pinkwashing de futuro incierto con este panorama, Feijóo debutó como líder con un perfil moderado. Estaban fingiendo porque a Vox no le ha costado nada hacer bascular el tablero y llevarse al averno ultra a un PP que se decía avanzado y europeísta. Ojalá ese desequilibrio puesto en evidencia tras las últimas elecciones sirva de reflexión a la ciudadanía para las próximas.

Eso en nuestro país. Pero desde países vecinos nos llegan noticias igual de preocupantes o más, si cabe: el ejecutivo ultraderechista italiano de Giorgia Meloni ha iniciado una lucha particular contra las familias no normativas. Desde el Ministerio del Interior italiano se ha ordenado a los alcaldes que dejen de registrar a los hijos de parejas homosexuales. En Padua se ha dado una vuelta de tuerca a esta medida infame e inhumana y se ha aplicado a niños y niñas que nacieron y fueron inscritos desde el año 2017 hasta el presente. Más de treinta familias han recibido la notificación de que deberán eliminar el nombre de la madre no biológica en el caso de familias de lesbianas con hijos. Estas madres perderían todo derecho sobre sus hijos e hijas, que dejarían de llevar su apellido. Y lo hacen esos que dicen defender a las familias. 

Tenemos motivos para preocuparnos. Se ponen en marcha en nuestro país medidas similares a las aplicadas en países como Hungría o Polonia, que nos espantaban pero que no creíamos que fuéramos a sufrirlas en España. Vemos caer una lluvia de piedras contra la igualdad.


MOVILIZAR AL FEMINISMO

MOVILIZAR AL FEMINISMO

Shock es la palabra más escuchada desde la noche del 28-M hasta ahora. Entre el tsunami conservador, que deja un mapa de España que ha virado de golpe al azul (o peor aún, al azul verdoso), y el anuncio de las elecciones para el 23 de julio, la ciudadanía aún no se ha repuesto de tanta conmoción. Se suceden las noticias en cascada, si pestañeas te pierdes algo. 

La época post COVID está siendo un tiempo de incertidumbre (energética, climatológica, bélica, demográfica), una incertidumbre que lanza a una parte del electorado a los brazos de partidos ultras. Ninguna novedad, esto es un clásico. Estamos viviendo un cambio de ciclo en todo el mundo, no solo en España, lo cual es poco consuelo. Ahí están Erdogran, Meloni o el incombustible Trump que amenaza con volver. Por desgracia estos cambios de ciclo siempre los pagan los mismos. Y muy especialmente las mismas. 

El feminismo está siendo la gran revolución pacífica de este siglo, una revolución que desborda los límites de la mera igualdad hombre-mujer y propone un modelo distinto de sociedad, un modelo socioeconómico más racional (son las mujeres las que están liderando los grandes retos ecológicos en todo el mundo), donde quepan personas de otros orígenes, una sociedad más abierta, más amplia, más plural. Pero toda revolución tiene una involución. La agenda de la derecha está diseñada a partir de una gran línea maestra: el retorno a una identidad rígida. Un único modelo de país, un único modelo de sexualidad, de familia, de fe, un rechazo al extranjero. O sea, religión, españolismo, homofobia, xenofobia y machismo. Esa identidad está atravesada por la construcción de un hombre dominante y una mujer sumisa, una mujer que sea lo que ha sido hasta hace bien poco: madre y esposa, complaciente y entregada a los demás, descanso del guerrero y ángel del hogar.

Nos amenaza una negra nube de machismo. 

Ahora debemos preguntarnos qué va a pasar con la lucha contra la violencia de género con unos partidos que niegan que exista a pesar de que cada semana están siendo asesinadas mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Y la niegan porque aceptar la evidencia de que existe, sería aceptar que existen la desigualdad y el dominio de los hombres sobre las mujeres, culpable de esa violencia. En estos últimos días han sido asesinadas cinco mujeres. Si no hay un análisis específico de la violencia de género y no se dota de medios la lucha contra esa masacre silenciosa, jamás conseguiremos avanzar. Pero, claro, cómo será esa lucha contra este tipo de violencia en la próxima legislatura autonómica cuando, por ejemplo, en Valencia hay un candidato a presidente autonómico, Carlos Flores Juberías, de Vox (clave para que el Pp gobierne) que está condenado a un año de prisión por maltrato.

Qué va a pasar con el derecho al aborto. No se nos puede olvidar la propuesta disparatada y antediluviana de Vox en Castilla-León de un Juan García Gallardo que pretendía que las mujeres que decidieran interrumpir su embarazo debían hacerse antes una ecografía en 4D y escuchar el latido fetal. Y que sigue insistiendo en que las medidas «contra el aborto» son «de obligado cumplimiento».

Qué va a pasar con la comunidad LGTB+ con una gente en el gobierno que cree en las terapias de conversión a la sexualidad única y verdadera. Eso en un país donde estamos viviendo el preocupante aumento de casos de violencia y acoso contra homosexuales, transexuales y lesbianas. 

Qué va a pasar, en fin, con las medidas por la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, contra la brecha salarial, por la igualdad de oportunidades, contra el techo de cristal, con gobiernos autonómicos y locales cuyos representantes son los inventores del término feminazi. Para que vayamos preparando el cuerpo, Feijóo ya ha anunciado esta semana que apuesta por eliminar el Ministerio de Igualdad, recurrente reivindicación de Vox. Al parecer, en este país igualdad es lo único que sobra.

El mundo necesita al feminismo porque feminismo significa igualdad de derechos y deberes para mujeres y hombres, ni más ni menos. No es una opinión, es un hecho, recogido por todo texto constitucional avanzado. Puede parecer una simpleza, pero debemos tener la frase a mano porque nos va a tocar hacer mucha pedagogía de ahora en adelante. No olvidemos que el feminismo ha cambiado a mejor la vida de millones y millones de mujeres en todo el planeta. Para evaluar la dimensión de ese cambio solo hay que pensar en la vida que llevamos nosotras y la que llevaron nuestras madres y abuelas.

Estamos en shock con el catastrófico resultado electoral para las izquierdas. En shock con el anuncio de elecciones generales para el 23 de julio. Pero no podemos perder el foco. La izquierda debe movilizarse porque cuatro años de gobierno Pp-Vox arrasarían con los logros conseguidos en el avance de la igualdad. Debemos aparcar las legítimas diferencias de pensamiento que hay en la izquierda (y que son su fortaleza y su debilidad) y actuar en bloque.

Y la movilización de la izquierda pasa por la movilización del feminismo. Nos va mucho en ello, compañeras. 


martes, 11 de abril de 2023

VIENTRES Y CORAZONES

VIENTRES Y CORAZONES

Todo parece indicar que el debate del año versará sobre órganos humanos, en concreto sobre vientres y corazones.

Por si alguien no ha visto aún la portada de una célebre revista del corazón, pondré un poco de contexto: una mujer famosa aparece en la foto saliendo en silla de ruedas de una clínica con un bebé en brazos. No, no ha dado a luz, tiene 68 años, hubiera sido un milagro, de la ciencia o de los otros. Ha pagado a otra mujer para que se quede embarazada, pase los nueve meses de incomodidad, náuseas, vómitos, cambios hormonales, dolor del parto y ese largo etcétera que es un embarazo y después de todo ese proceso le entregue a ella el fruto de su vientre. Para que la madre entregue la hija que ha gestado a la parte contratante de la primera parte. Pero vemos que de las dos partes de esta transacción económico-sentimental solo importa el socio capitalista. Es la perversión del mercado.

Cuando pagamos por algo, ese algo se convierte inmediatamente en una cosa.  Si esto lo llevamos a la llegada de una criatura al mundo, estamos aceptando que se puedan comprar seres humanos. Ahora le podemos llamar como queramos (gestación subrogada, maternidad de intención, paternidad comitente) para que el lenguaje oculte la dureza del hecho, pero el hecho no cambia y si media dinero, es compraventa. El que en el contrato de subrogación al importe entregado se le llame “compensación” en lugar de “pago” solo añade cinismo al hecho, no justicia. El altruismo es uno de los argumentos más utilizados para justificar esta práctica. Paradójicamente solo son altruistas las mujeres pobres, qué casualidad.

Hay un dilema sobre el deseo de tener hijos y el derecho de conseguirlos a cualquier precio, sobre cómo el neoliberalismo convierte, gracias al dinero, los deseos de paternidad/maternidad de personas occidentales en derechos, frente al derecho al propio cuerpo (esta vez sí, derecho) de mujeres económicamente vulnerables. No nos puede valer todo, no todo lo que se acepta es aceptable.  Como sociedad nos estamos haciendo esa pregunta, pero la discusión, lejos del debate serio que debería ser, se está tiñendo de rosa víscera cardiaca. Durante toda la semana, el debate en los programas del corazón (con audiencias masivas, como sabemos) versaba sobre si la foto era un robado o un pactado. Algunos opinaban que, sin duda, era un robado porque cómo va nadie a comerciar con un momento tan íntimo, por favor. Sí, estáis leyendo bien:  lo grave, lo inmoral no es la compra del bebé sino la venta de la foto. 

Posteriormente, en un inesperado giro de los acontecimientos, se descubre que la criatura ha sido gestada con material genético del hijo de la famosa, fallecido por cáncer. Y aquí ya sí que se abandona definitivamente el debate serio para instalar la discusión en el culebrón turco. La coartada que justifica este acto ilegal e inmoral es el dolor de una madre que ha perdido un hijo. Todos empatizamos con ese humanísimo dolor, olvidando que no es la única que lo ha sufrido, que hay muchísimas madres que han perdido hijos. Olvidando que ese dolor no puede bajo ningún concepto entregar patente de corso para que esté justificado todo lo que el dinero pueda pagar. Olvidando que el sufrimiento combinado con el dinero no puede ser la coartada que nos permita traspasar una barrera humana. 

En los medios de comunicación se está aprovechando esta noticia para hacer un lavado de imagen abrumador a los vientres de alquiler, para hacer una campaña masiva a favor de una práctica que es ilegal y cuya ética está más que en entredicho. La discusión suele plantearse a partir de la foto de la portada: si es robado o pactado, quién estaba al corriente y quién no, cómo se llamará la criatura, de manera que la fase previa, la de pagar por obtener un bebé, se da por aceptada. 

En el debate sobre vientres de alquiler esta noticia supondrá un antes y un después y por desgracia la balanza se inclina del lado de la mercantilización porque no hay nada más eficaz que la emoción para justificar un acto humano. Hasta el dolor de los ricos es más valioso que el de los demás: gracias a ese dolor ellos tienen la comprensión pública para clonarse un nieto con el material genético del hijo. Ellos que pueden pagarlo.



viernes, 7 de abril de 2023

¿QUÉ DERECHO?

¿QUÉ DERECHO? 

Las agencias que ofrecen el servicio de gestación mediante vientres de alquiler aluden al derecho a la procreación. Pero el deseo de procrear no es ni ha sido nunca un derecho. Y desde luego, el deseo de procrear de las personas occidentales con alto poder económico no puede convertirse en derecho por vía económica frente al derecho al propio cuerpo (esta vez sí, derecho) de las mujeres pobres. En el debate sobre vientres de alquiler comprobamos cómo el poder adquisitivo despoja a unas personas de un derecho genuino para dárselo de forma espuria a otras. El neoliberalismo pretende convertir en derecho todo aquello que el dinero pueda pagar y considera legítimo comprar y vender cuerpos de personas. ¿Qué cuerpos? Los de las mujeres, claro, que es la parte de la población más precarizada económicamente. Se pone el foco sobre la ansiedad de esas pobres parejas que no pueden gestar, sobre su sufrimiento al no poder formar una familia, se recuerda lo esperados y lo amados que serán esos bebés (como concluye el frívolo artículo de Rosa Montero en El Paísdel pasado 7 de mayo). Pero igual se podría haber puesto el foco sobre el sufrimiento de las personas que están esperando un riñón o una córnea o un hígado. Si seguimos esta lógica de compra-venta neta, estaremos de acuerdo en que estas personas verían acortado su padecimiento si se legalizara la libre venta de órganos y, al mismo tiempo, hombres y mujeres pobres podrían mejorar su situación económica vendiendo un ojo o un riñón o parte de su hígado ¿Por qué no? Si dinamitamos los límites de lo humano ¿por qué dejar aún esa barrera? Yo diría que es porque todavía existe un escrúpulo en generalizar la comercialización del cuerpo de los hombres. Pero el cuerpo de las mujeres, ése, siempre ha estado en almoneda, ese mercado ya existe merced a la prostitución; se trata sólo de darle otro uso, se trata sólo de ampliar el negocio abriendo una línea de venta específica, aprovechando un nicho de mercado en plena expansión.

"¿Y las madres? Son vientres de alquiler, no podemos llamarlo maternidad subrogada ya que precisamente esta práctica consiste en borrar a la madre del esquema"

Libertad.Según Karl Marx, “el reino de la libertad empieza donde acaba el reino de la necesidad”. En el mismo sentido Kant decía que aquel ser humano cuyo sustento depende de la voluntad arbitraria de otra persona o clase o género, no es libre. Así que estas mujeres que se prestan voluntariamente a gestar los hijos y las hijas de otras personas están muy lejos de ser libres. Y sin embargo, aquellos que defienden la gestación subrogada hacen de la libertad su bandera, poniendo al mismo nivel la libertad de quien lo tiene todo frente a la libertad de quien no tiene nada, como si fueran una sola y la misma libertad. En realidad lo que sucede es que los privilegiados ejercen su libertad contra las desposeídas. Ellas aceptan, sí, pero no todo lo que se acepta es aceptable, no basta que las partes se pongan de acuerdo: nada que atente contra la dignidad humana debería ser aceptado. El hecho de que se pague por una actividad la convierte en consensuada, pero no en socialmente válida.

Inversión. En los contratos de subrogación no se contempla siquiera el que, eventualmente, la mujer se pueda arrepentir y quiera quedarse, al cabo de los nueve meses, con el fruto de su vientre, gestado por ella, alimentado con su linfa y sus huesos, arriesgando su integridad mental y física. Esto es así porque prima claramente la parte crematística sobre la humana, porque el contrato no es equilibrado, porque quien tiene el cien por cien de los derechos en este contrato es la parte que suministra los fondos económicos mientras que la que aporta el material físico y psicológico, humano al fin, no tiene nada, ningún derecho fuera del pago estipulado. Se protege la posición del que compra y es necesario que el pagador sepa que no corre ningún riesgo y que tenga la completa seguridad de que su inversión no se verá defraudada en ningún caso.

¿Maternidad? Cuando alguna celebridad se ha presentado a los medios con su criatura o criaturas gestadas gracias a este método, nadie ha preguntado por la madre, a quién le importa. El pagador sí es visible, se relata su periplo: ha tenido que viajar lejísimos, ha tenido que aparcar por un corto tiempo su carrera, estaba emocionado o emocionada esperando que nacieran las criaturas, que todo saliera bien. Pero ¿qué hay de la madre? Nada. Nada. Ha sido poco más que un horno cocinando un bizcocho. Son vientres de alquiler, no podemos llamarlo maternidad subrogada ya que precisamente esta práctica consiste en borrar a la madre del esquema. No existe la madre porque no existe la persona. La mujer es “recortada” hasta quedar reducida a un mero órgano reproductor que generará el producto que el comprador espera. Sólo que ese producto es otra persona. El lenguaje no es inocente, se utiliza un eufemismo descarado para ocultar una realidad inhumana como lo es el uso de mujeres pobres como simples incubadoras. El hecho de que se pague por ello ni lo legitima ni lo dignifica.

Sentimientos. En la publicidad de la Surrofair, en los anuncios de las agencias, todo es cálido y amoroso, todo son sonrisas envueltas en luz tenue y colores suaves. Se excita la sensibilidad de las personas inclinadas a formar una familia. Se explotan los sentimientos. ¿Los sentimientos de quién? De los que pagan, por supuesto. Las mujeres que gestarán los hijos de esas parejas o personas individuales no tienen derecho a tener sentimientos. Lo pone su contrato. Nuestra sociedad empatiza mejor con los deseos de personas occidentales con dificultades para procrear que con el potencial trauma de mujeres del tercer mundo, cuya visión sobre el tema queda completamente en la sombra.

Se genera, pues, con esta práctica un mundo un poco más deshumanizado, donde los únicos sentimientos que cuenta son los de aquellos que pueden pagárselos.

Hay un video de una de estas clínicas en el que vemos a una mujer hindú dar a luz, le muestran al bebé brevemente antes de llevárselo para siempre, ella le acaricia la mejilla y llora. "¿Por qué lloras? –le preguntan– ¿No estás feliz?"


domingo, 2 de abril de 2023

CUENTOS TERRORÍFICOS PARA NIÑAS PEQUEÑAS

CUENTOS TERRORÍFICOS PARA NIÑAS PEQUEÑAS

Es sabido que el aprendizaje del rol que debemos desempeñar en sociedad nos llega por distintas vías. En nuestra socialización los cuentos y las canciones infantiles, como expresiones culturales que entretienen y educan a la misma vez, juegan un papel fundamental. El contenido de estos transmisores culturales no suele ser neutro. Los cuentos y las canciones infantiles están inmersos en una sociedad y no son ajenos a ella. No son específicamente aleccionadores, o sea, no tienen la intención concreta de instruir en unos determinados valores y sin embargo lo hacen porque son generados por el mundo de pensamiento que nos envuelve y que ha sido y es profundamente machista: 

Veamos algunos ejemplos:

La cancioncilla “Al pasar la barca”:

Al pasar la barca/Me dijo el barquero/Las niñas bonitas /no pagan dinero./Al pasar la barca/me volvió a decir/las niñas bonitas/no pagan aquí./Yo no soy bonita/Ni lo quiero ser/Yo pago dinero/Como otra mujer.

Esta canción la cantábamos las niñas (nunca los niños) al saltar a la comba y al jugar al elástico. Hay algo espeluznante en ser niña y aprender que hay otra forma de pagar que no es con dinero y saber que ese pago tiene que ver con ser bonita. Hay algo terrorífico en ser niña y saber que un hombre (el barquero u otro) te puede pedir que pagues con algo relacionado con tu físico, porque eres una niña bonita, porque eres joven y guapa. 

Es así como empezamos a saber que cualquier mujer es susceptible de poder o deber realizar un pago con su cuerpo, así es como empezamos a saber que los hombres pueden reclamar tener acceso al cuerpo de cualquier mujer. 

Normalizamos muy pronto que la belleza y la juventud de las mujeres son valores que los hombres tienen derecho a reclamar para su disfrute. Y lo aprendemos con canciones infantiles, de un modo tan inocente como espeluznante.

La Sirenita: en este cuento, tanto en la versión de Andersen con en la de Disney, ella entrega su voz a cambio de un par de piernas para enamorar a un hombre. La metáfora es muy esclarecedora. Se las consigue Úrsula, la bruja, quien la convence diciéndole:

Tienes tu belleza, tu linda cara y no debes subestimar la importancia que tiene el lenguaje corporal. Hablando mucho enfadas a los hombres, se aburren y no dejas buen sabor, pues les causan más placer las chicas que tienen pudor, ¿no crees que estar callada es lo mejor? ¡Vamos! No lograrás tu meta conversando, escúchame y no te equivocarás. Admirada tú serás si callada siempre estás, sujeta bien la lengua y triunfarás

Y ella, por supuesto, renuncia a su voz. A su voz, a su cola de sirena, a su familia y a su medio natural, el mar, para poder estar al lado de un hombre. Eso sí, sin molestar con su cháchara y con sus ideas, muda depositaria del destino que se decida para ella. El sacrificio es desproporcionado puesto que todo lo que ella sabe del príncipe es que es un mal nadador y que es guapo. En la versión de Andersen ella nunca llega al corazón del príncipe y acaba convertida en espuma de mar, o sea, acaba en la irrelevancia total. En la edulcorada versión de Disney se nos presenta una lucha entre dos mujeres para conseguir la atención de un hombre (todo un clásico), de la que Ariel sale triunfadora. Pero no deja de dar miedo el destino que se les va marcando a las niñas con cada cuento.


En Aladdín el amoroso padre de Jasmine, a pesar de todo su cariño, prefiere entregar el reino a un ladronzuelo callejero y mentiroso antes que a su propia y única hija. Y así es como se inicia nuestro aprendizaje en el hecho de que el testigo de poder pasa de un hombre a otro, poniendo la fratría masculina por encima de los lazos familiares. Las mujeres son excluidas sin pestañear de los círculos de poder. El papel de Jasmine es testimonial e irrelevante: ella se limita a esperar ser rescatada de su propio destino. Solo le reclama al padre poder casarse con quien ella quiera y no por obligación. No le pide regir los destinos del país, siendo como es la sucesora, no está interesada en el poder solo en el amor, esa vieja y efectiva trampa del patriarcado para las mujeres. Y si esto es así en la familia, imaginemos en el trabajo o en la política o en la universidad...

Estos son solo unos pocos ejemplos. Así han estado las cosas hasta ahora. Nos toca entre todas cambiar el cuento.





EL FEMINISMO EN LA VEJEZ

EL FEMINISMO EN LA VEJEZ


Algunas mujeres han llegado al feminismo a edades ya muy avanzadas: setenta años, ochenta años. El trabajo, la crianza de hijos e hijas y unos compañeros poco empáticos (por decirlo suavemente) las han mantenido alejadas de la vida pública y del devenir de los tiempos. En muchos casos han estado aisladas: no estaba bien visto que una mujer estuviera fuera de su casa, la socialización femenina ha estado siempre bajo sospecha. No han tenido contacto con los movimientos de liberación de las mujeres, los han visto en televisión sin pesar que eso podía tener que ver con ellas y con sus vidas, algo que se acentúa en el caso de las mujeres en el ámbito rural: un bar de pueblo es un bar donde solo entran hombres. El aislamiento de las mujeres, la obligación de permanecer dentro del hogar ha sido una de las claves de la construcción del patriarcado.

Pero al liberarse de los trabajos, de la doble jornada, al crecer los hijos e hijas y marcharse de casa, en ocasiones también al enviudar, han encontrado el tiempo para entrar en contacto con otras realidades. Y se han liberado. A su edad, dicen ellas. A veces la relación con las nietas (a menudo más relajada que con las hijas) las ha acercado al feminismo. En otras ocasiones han sido charlas en centros de la tercera edad o en los ayuntamientos; la posibilidad de poder salir, de viajar, las ha conectado con otras mujeres, las ha ayudado reflexionar sobre sus vidas. El feminismo les ha servido para revisar y revisarse. Para comprender, para iluminar zonas de su trayectoria vital que estaban en sombra. Y se asombran de sí mismas, de la vida que han llevado, de su contribución involuntaria, por desconocimiento, al patriarcado educando a las hijas para servir y a los hijos para ser servidos. Igual que las educaron a ellas, algo de lo que solo conscientes ahora. Qué tontas éramos, dice una. Cómo si hubiera tenido otra opción. El feminismo les ayuda a comprender sus vidas, a contemplarlas bajo otra luz. Y se sienten agradecidas. Hablan entre ellas, ahora dicen cosas como eso es el patriarcado o bien ella está sometida al marido y no se da cuenta. 

Es tan interesante escuchar sus conversaciones:

- Éramos muy ignorantes. Figúrate yo, que no sabía lo que votaba, era mi marido el que me ponía el voto en la mano. Y ahora mira, estoy aquí con vosotras. 

- Pues mi marido me tuvo que firmar para que yo pudiera trabajar en la fábrica, sin eso en aquellos tiempos no hubiera trabajado. Y de qué habríamos vivido, que éramos siete de familia.

La conversación va cambiando de rumbo:

- Pues mira, si se acuesta con otro muy bien que hace.

- Yo cuando era joven, con mi novio ná de ná, porque la cosa solo se podía hacer después de casados. Y el cura me decía que me tenía que confesar igualmente porque podía estar teniendo pensamientos impuros, ¡ja ja ja!.

- Con cincuenta años y cinco hijos yo no sabía lo que significaba la palabra sexualidad, imagínate lo atrasada que estaba, ¿te lo puedes creer?

Son conscientes de la dureza de sus vidas:

- Las mujeres de ahora no pueden entender lo que hemos pasado. Las jóvenes piensan que la vida es así como ellas la conocen, pero ha costado mucho trabajo salir adelante. Y es una pena, pero todavía hay muchas mujeres que tienen un ramalazo de antes, algunas son muy antiguas.

Aún les resulta difícil desprenderse de su papel de cuidadoras.

- Cuando me fui al crucero le dejé a mi marido el frigorífico lleno de comidas y todo en orden. Es que es muy torpe.

Ponen en cuestión sus actitudes de antaño:

- ¿Os acordáis? Antes si el marido llevaba una mancha, decíamos que la marrana era ella.

- Como si ellos fueran críos. Había que darles todos los caprichos. Así han salido…

Y se proyectan hacia el futuro:

- Yo antes como a mi marido no le gustaba el teatro pos yo no iba y ahora sí voy. 

Y para todas ellas ese sencillo gesto es una revolución y una heroicidad.