martes, 25 de agosto de 2020

MANIFA ANTI MASCARILLA

 

MANIFA ANTI MASCARILLA

El pasado 16 de agosto se manifestaron en Madrid unos 2.500 ciudadanos en contra de las mascarillas y en contra de algo que llaman “plandemia”. Yo me pregunto, los que no creen en la enfermedad ¿también enferman?, ¿o quizás no? Porque sería casi poético enfermar de una enfermedad en la que no crees y que con tu inconsciencia has contribuido a extender, para mal tuyo, de tu familia y de tus conciudadanos, porque, claro, tu libertad es mucho más importante que la salud de todos, dónde va a parar, que nadie te quite tu sacrosanta, tu egoísta, tu jodida libertad de ir sin mascarilla. Si enferman, ¿van a los mismos hospitales y reciben el mismo trato y el mismo tratamiento que quienes sí creemos en la enfermedad y tomamos las medidas oportunas para no contagiar ni ser contagiados? Por supuesto que sí porque, afortunadamente, tenemos sanidad universal, una sanidad que también atiende a idiotas conspiranoicos sin hacer preguntas. Es la belleza paradójica de la democracia.

Dicen que las mascarillas matan y que el Covid es un invento…  Este es un claro ejemplo de que la gente se cree lo que le da gana. Si las mascarillas mataran significaría que contamos con una plantilla de personal sanitario muerto desde hace décadas, los auténticos walking dead. Los negacionistas deciden auto convencerse de que las mascarillas matan para no tener que usarlas y de que el Covid no existe para sortear el miedo que genera la pandemia: cierran los ojos y el problema ya no existe.

¿De dónde sale tanto covidiota?, ¿cómo se informan, qué tienen en las cabezas? Son ricos, pobres, de izquierdas, de derechas, analfabetos, universitarios, todos, todos coinciden en negar una enfermedad que ha paralizado el planeta. Su discurso es una extrañísima mezcla que culpa al gobierno de muertes por una enfermedad, al parecer, inexistente, de la paralización de la economía, de negarnos los abrazos y de borrarnos medio rostro con una mascarilla. Claman por sus derechos y por SU libertad y dicen que esto no es una pandemia sino un genocidio, porque, por lo visto alguien tiene mucho interés en matarnos poco a poco. En un cóctel de datos fake chiripitifláuticos suenan juntos George Soros, Bill Gates, el 5G y un microchis alienante que irá incorporado a la vacuna. Y se empeñan en que quienes estamos desinformados somos todos los demás.

 Las teorías conspiracionistas son fáciles de creer porque reconfortan, dan una explicación más que sencilla, maniquea, de lo que pasa a nuestro alrededor, de lo que acontece en el mundo: hay un malo (o grupo de malos) que gobierna el planeta desde Spectra, generando todo tipo de maldades para dominar el mundo y convertirnos en esclavos. Pero yo que soy muy listo, lo he descubierto. El resto de conciudadanos están atontados/abducidos por la información oficial. Venga ya, si es el argumento de casi cualquier súper producción de Hollywood.

El ser humano no es un buscador de verdad sino un dador de sentido. Mientras la explicación que yo me doy a mí mismo, como individuo o como grupo, para confortarme coincida con mis filias y fobias y tenga una mínima coherencia (e incluso sin tenerla), no necesito la evidencia para nada, los hechos constatados suelen ser más un estorbo que otra cosa. De manera que la alarma, las cifras de muertos, la paralización social y económica del país son un trampantojo para convertirnos a todos en esclavos y robarnos la identidad. Pero, ¿para qué iba nadie a molestarse en crear una enfermedad mortal e infectar con ella a todo el planeta con la intención de generar después una vacuna con la que inocularnos un chis que nos controle? Si ya llevamos encima de forma permanente un chis voluntariamente aceptado en el interior de nuestros ordenadores, tablets y móviles, que no soltamos ni para ir al aseo. Decimos: nos escuchan a través del móvil, nos espían. No, qué va, más fácil: dejamos un rastro a través de redes que hasta Torrente sería capaz de seguir. No hay cookies a las que no demos “acepto” para que no se interrumpa nuestro entretenimiento.

 Y luego hay quien se pone estupendo con las mascarillas, qué se habrá creído el gobierno, a mí no me dice nadie cómo tengo que salir a la calle. Quienes ven la mascarilla como una represión de SU libertad son incapaces de interpretarla como lo que es, como una expresión de solidaridad: yo la llevo para no contagiarte, tú la llevas para no contagiarme.  Ojalá no fuera necesaria, pero mientras la necesitemos, por favor, cuidemos de los demás y de nosotros mismos. Por educación, por solidaridad, por ternura.

 

EXPLOTACIÓN Y RACISMO

 

EXPLOTACIÓN Y RACISMO

Eleazar Benjamín Blandón, nicaragüense, murió en Lorca hace unos días tras una jornada doble de trabajo, mañana y tarde, con una temperatura de 44 grados. Fue abandonado inconsciente en la puerta del centro hospitalario, en un acto inhumano y vergonzoso, donde poco después falleció debido al estrés térmico. Este ha sido el final, tras meses de trabajo en durísimas condiciones; pero no tenía opciones: carecía de apoyo familiar, de dinero y de papeles. Estaba, literalmente, a merced de sus empleadores. Ahora, la situación laboral a la que estaba sometido está siendo investigada, pero ha tenido que haber una muerte para que eso suceda.

Para que se produzcan este tipo de hechos sin que como reacción haya poco más que comunicados de enérgica repulsa, es necesario que se den unas condiciones previas.

Hay una conexión directa entre racismo y explotación. El racismo crea las condiciones para que la explotación sea posible, condiciones que consisten básicamente en despojar de valor a los individuos. Es algo que también se da en el clasismo, pero en el caso del racismo hay otra vuelta de tuerca  ya que enfrenta a unos trabajadores con otros, nacionales y extranjeros, como si su explotación fuera distinta, como si no se tratara de un mismo sistema que usa y abusa de las personas, independientemente de su raza y origen. Los trabajadores nativos están convencidos de que tienen un plus sobre los inmigrantes. Es el racismo el que persuade a las clases más bajas de que el enemigo es el extranjero porque no es su igual sino su oponente, el que pone en peligro su puesto de trabajo y el sostenimiento del sistema social del país. Quienes generan y difunden este discurso saben perfectamente lo que hacen pues se trata un marco de ideas que produce beneficios económicos para los grandes empresarios de la agroindustria, entre otros. La desvalorización pasa por varias etapas (extrañamiento, hostigamiento, negación de papeles), hasta reclamar que se les eche del país. En realidad los beneficiarios de este sistema no quieren que se vayan, porque quién recogería entonces los melones en agosto a 44 grados en jornadas de diez horas a cambio de un salario de 30 euros, pero pedir que sean expulsados forma parte del necesario clima de hostilidad hacia los inmigrantes. Es necesario que siga siendo una masa laboral perseguida, hostigada y en condiciones de irregularidad, incapaz de negociar sus condiciones y que no podría denunciar una situación injusta, llegado el caso. En resumen: es preciso que permanezcan en una situación de intensa vulnerabilidad social que les haga susceptibles de aceptar casi cualquier trato laboral.

Se dice simultáneamente que los inmigrantes les roban el trabajo a los españoles y que los españoles no quieren trabajar. No es que los españoles no quieran trabajar, es que no quieren trabajar en condiciones de indignidad. No, no somos iguales y para que esa desigualdad laboral siga naturalizándose es necesario que la percepción de los aspirantes al trabajo también sea desigual. El racismo cumple una función legitimadora de la desigualdad. Si no tienen el mismo valor no pueden tener los mismos derechos, no pueden cobrar igual, no pueden disfrutar de las mismas condiciones de trabajo. El hecho de que se trate de extranjeros, en muchos casos en situación irregular (no tener papeles equivale a no tener derechos) los invisibiliza socialmente, provocando entre la población nacional indiferencia cuando no rechazo. El pantón del color de piel también es un marcador del valor: cuanto más oscuro más devaluado. Y como siempre hay un escalón por debajo, cuando esa mano de obra es femenina, a esa explotación se añade el acoso o directamente el abuso sexual, como se vio entre las temporeras de la fresa en Huelva.

El discurso racista, por lamentable y ridículo que nos parezca, no es ni absurdo ni vacío, obedece a una lógica precisa y genera frutos que son recogidos por los explotadores. Para que la explotación laboral sea posible sin que haya un estallido social, es necesario devaluar a los trabajadores y esa es la labor del racismo. El racismo es la estrategia de márketing de la explotación.

 

LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN

 

LA CULTURA DE LA VIOLACIÓN

 

La violencia contra las mujeres y sus variadas expresiones, violación incluida, se integra en un marco cuyas características más sobresalientes son la normalización y la invisibilidad. Cómo si no se explica que la frase “eres tan fea que ningún hombre se molestaría en violarte” y otras por el estilo no nos resulten extrañas. Ese exabrupto lo profirió Bolsonaro en el parlamento brasileño y es sólo un ejemplo de las muchas manifestaciones de la cultura de la violación.

La frase “eres tan fea que no mereces ser violada” certifica que una de las características de ser mujer es la violabilidad y que esa violabilidad se alcanza a base de esfuerzo y tesón, de dedicar tiempo y energía a estar guapa y deseable. Si no eres violable es porque no te esfuerzas, porque eres vieja o fea o, peor aún, un marimacho.

La violencia enseña una lección y la violación una lección muy específica. Por poner un ejemplo, en la Guerra Civil, las mujeres eran susceptibles de ser violadas por un bando o por otro; la Guerra, da igual dónde ocurra, siempre es contra las mujeres. Millán Astray animaba a las tropas a violar republicanas para enseñarles lo que era un hombre de verdad. Ahí hay un propósito pedagógico. Los republicanos que violaban monjas enseñaban una lección parecida. La violencia ejercida por los hombres nos iguala, nos hace a todas las mujeres una sola mujer. De un bando o de otro, merecedoras todas de la misma violencia. Rodeadas de violencia y con miedo a la violencia porque no hemos sido educadas en ella sino en el temor a ella.

La violencia cumple para el patriarcado un doble objetivo: por una parte, muestra a las mujeres cuáles son los límites, porque las mujeres no somos libres de andar por donde queramos, cuando queramos y como queramos; los hombres sí.  Para el patriarcado, los violadores son los perros terribles que pastorean el rebaño que pertenece a todos los hombres. Por otra parte, esa violencia muestra a los hombres cómo son o cómo deben ser los verdaderos hombres. Es la expresión máxima de una fratría que se manifiesta de muchas maneras.

Imaginemos a un hombre adulto,  de izquierdas,  respetuoso,  feminista,  tiene hijas, hermanas,  madre, pareja, compañeras. Acoge con respeto las reivindicaciones de las mujeres,  acude a manifestaciones,  se esfuerza honestamente por reducir el nivel de desigualdad.  Al mismo tiempo tiene un grupo de WhatsApp de compañeros de trabajo, en el que está más de oyente que otra cosa. En ese grupo se comparten vídeos, fotos,  memes, de un tipo de porno breve,  blando o duro,  realmente ofensivos contra las mujeres.  Él piensa que sus compañeros son muy brutos, pero no dice nada. La fratría masculina es más fuerte que su voluntad. Él,  que le afearía la conducta a cualquier hombre que compartiera mensajes racistas, violentos o fascistas,  sin embargo calla ante estas bromas entre hombres. 

El lugar donde esa fratría se convierte en ritual y adquiere corporeidad es el puticlub, donde los hombres se reconocen y celebran que no son mujeres,  esos seres inferiores.  Es en el burdel donde se refuerza la identidad masculina patriarcal. Si pensamos en la hazaña de La Manada, no se me ocurre lugar donde se pueda ensayar mejor una violación grupal (una coreografía complicada) que en un puticlub.

Hay otro aspecto fundamental relativo a las relaciones sexuales: el consentimiento. Tan atrasados estamos en este tema, que aún se está definiendo su significado. Hasta ahora (un ahora que casi incluye el día de hoy), se entendía que todo lo que no fuera un “no” era un “sí”, e incluso cuando las mujeres decíamos que “no” también queríamos decir que “sí”, lo cual equivale a una completa anulación de la voluntad de las mujeres. El lema “sólo SÍ es SÍ”, tan sencillo y claro, tan fácil de entender, es tan reciente que hay que repetirlo muchas veces para que se integre en el imaginario colectivo.

La violencia contra las mujeres es un problema de toda la sociedad y los hombres deben tomar partido, no se pueden quedar en la orilla, como espectadores de un problema que no les atañe. La cuestión de fondo es que la sociedad patriarcal acepta un porcentaje de violencia que mantenga a las mujeres bajo control y hasta que el mensaje no sea que las mujeres deben ser más libres, hasta que esa violencia en todas sus expresiones no sea rechazada por completo por hombres y mujeres, en una reivindicación donde los hombres asuman también un papel activo, ni seremos libres nosotras ni será libre la sociedad.

 

 

               

 

 

 

domingo, 26 de julio de 2020

LA MUJER FRAGMENTADA



LA MUJER FRAGMENTADA


Reside en el cuerpo de muchísimas mujeres un malestar casi permanente, que nos hace mantener una lucha interna inacabable. Nuestro cuerpo, independientemente de cómo sea, es percibido por nosotras mismas con demasiada frecuencia como susceptible de mejora, incompleto, defectuoso. Ni siquiera la Coronacrisis y la cuarentena han dado un respiro, bien al contrario: desde los distintos medios y redes sociales se proponían con insistencia durante el confinamiento diferentes modos de mantenerse en forma dentro de casa, influencers dando consejos, deportistas mostrándonos el camino a seguir, el camino a la felicidad que por lo visto reside en un cuerpo perfecto, si es que tal cosa existe, y para cuya conquista no es excusa un tiempo detenido, un momento de pausa como podía haber sido este encierro. Nadie duda de que el deporte es salud y que es importante el ejercicio físico, a menos que se caiga en un exceso maniático que lo neurotice, dando toda la importancia al aspecto físico y ninguna al bienestar psíquico. En demasiados casos se vincula la felicidad al hecho de tener un (imposible) cuerpo perfecto y esto ocurre sobre todo a las mujeres, al cuerpo de las mujeres, un cuerpo que en la intersección entre patriarcado y capitalismo se presenta fragmentado.

Ha sucedido en todas las épocas, este malestar no es nuevo pero sí que adquiere nuevas formas conforme avanzan los tiempos. En el actual modelo patriarcal de dominación masculina la mujer es fragmentada física y mentalmente: se aprovechan las partes fáciles de consumir y se descartan, reprimen y/o anulan las partes incómodas.  El hombre sin embargo es concebido como individuo integral: gordo, flaco, joven, viejo, infantil o maduro, su multiplicidad es aceptada como normal y conveniente. Sin embargo la mujer ha de ser: delgada pero con enormes pechos, con aspecto infantil pero con libido de adulta, joven eterna hasta un punto ridículo y a ser posible no muy inteligente, y si lo es, al menos que no se le note. Y, por supuesto, que no hable mucho (hay un regaetton cuyo estribillo dice: “quiero una mujer que no diga ná, ná, ná”). Se busca una muñeca con vida, irreal y moldeable. Es un modelo de mujer que parece el fruto de la proyección fantasiosa de un adolescente. Esta fragmentación causa a las mujeres que se someten a ese juego para triunfar un gran sufrimiento físico: operaciones quirúrgicas, dietas absurdas, gimnasio, rayos uva. Y también sufrimiento mental pues estar dentro de la norma  supone renunciar a aspectos de crecimiento personal: se exige ser acrítica, complaciente, sufrida y sumisa. Es la mujer ideal tanto para el patriarcado como para el capitalismo, esa alianza nefasta: aniñada y con grandes pechos operados, grandes labios también operados, que obedezca y esté siempre lista para el sexo, que no discuta y que esté siempre guapa .Todas iguales como si viniéramos en un único envase, lo que se sale de ese calibre, color y forma es descartado, en una especie de fordismo aplicado a los cuerpos. El sufrimiento es tanto para las mujeres que se ajustan a la norma (por los sacrificios que deben hacer para ajustarse a ésta) como para las que están fuera de la pauta pues son puro material de desecho: gordas, mayores, con gafas, desgarbadas, planas, quedan fuera del canon del triunfo. Recordad: sin tetas no hay paraíso.

Se nos exige un enorme esfuerzo para estar físicamente a la altura de lo que se espera de nosotras, esfuerzo que sin embargo no se reclama a los hombres. Vemos muy a menudo a mujeres estupendas al lado de hombres que parecen orcos. Ellos pueden tener sobrepeso, años, canas, arrugas, y no pasa nada. A la inversa es inconcebible, en las mujeres es imperdonable no estar perfectas. Y por mucho que nos esforcemos, en nosotras siempre hay un error, un defecto, una desviación, algo que corregir: estamos en permanente proceso de construcción, como si estuviéramos inacabadas.






EL NUEVO MIEDO


EL NUEVO MIEDO

La columna vertebral del miedo, su espinazo, es lo desconocido. Lo desconocido nos sacude y nos desestabiliza de un modo mucho más profundo que los horrores cotidianos.
En estos momentos nos encontramos como humanidad frente  a uno de los escenarios más inquietantes: nos enfrentamos a un enemigo invisible pero implacable. Puede estar en el carro del supermercado o en el abrazo del amigo, puede estar en el paseo o en el viaje, en la gestión bancaria o en el colegio. Puede estar en el extranjero (sobre todo en el extranjero) o en el familiar, en tu hijo o en el inmigrante, a diez mil kilómetros o en la puerta de tu casa. Todo es sospechoso de contener el virus temido. Todos somos sospechosos de transportarlo y transmitirlo.
Y no nos deja más alternativa que recluirnos y guardar las distancias, nosotros, seres gregarios, que necesitamos los ojos del otro para construir nuestra identidad, para justificar nuestra vida, para sentir que somos lo que somos: humanos.
Se siente la nostalgia de la vida de antes, la de los miedos menos complejos que este, cuando podíamos viajar sin restricción alguna, ver a los amigos y a los compañeros de trabajo, a los colegas, a los familiares. Cuando podíamos pensar que vivíamos una vida común y corriente, con lo que tiene de anodino pero de tranquilizador. Nos atraviesa el miedo de no poder recuperar la vida de antes. Nos sacude la incertidumbre.
Nuestra lista de miedos se ha adaptado a los nuevos tiempos (el miedo debe ser una de las emociones más adaptativas): tenemos miedo a vernos, a no vernos,  a enfermar, a que nuestra familia enferme, a  perder el trabajo, a la pobreza, a que vuelvan a confinarnos, a la inestabilidad mental, a la soledad, a morir en soledad (miedo que se ha hecho dolorosa  verdad durante esta pandemia), a no recuperar nuestra vida de antes. Por tener miedo, hasta tememos al otoño.
Las estructuras políticas también están siendo puestas a prueba por este miedo tangible a un enemigo tan difuso como ubicuo. Constatamos que desde el punto de de vista político no había nada previsto contra este enemigo propio de un escenario distópico, a pesar de que estaba largamente  anunciado. Numerosas voces acreditadas advertían de la posibilidad cierta de una pandemia universal, tan cierta que  no se especulaba si se produciría si no cuándo se produciría: la única duda sobre la emergencia era la fecha. A pesar de ello prácticamente ningún gobierno estaba preparado y hemos asistido al espectáculo bochornoso de ver cómo las autoridades de distintos países han llegado a robarse unos a otros material médico en pleno aeropuerto.
Los gobiernos han reaccionado de formas distintas. Los más conservadores han destacado, cómo no, por su indiferencia y por su crueldad. Ha habido  los que se han cerrado en una defensa del mismo futuro mega industrial y depredador que nos ha traído hasta aquí, sacrificando en el camino sin pestañear a la parte más vulnerable de su población: los viejos y los pobres. Hay los que han mostrado un rostro más social. Pero en general hemos tenido la sensación de que no había nadie al volante.
Ahora lo que está en disputa es la vacuna, una vacuna que nos protegerá al mismo tiempo del virus y del miedo. Los países compiten en una carrera enloquecida hacia  el esperado santo grial en forma de medicamento, la varita mágica para repetir legislatura. No colaboran, compiten: el mensaje que esto envía es que la pandemia y el confinamiento si algo han enseñado es a ser más insolidarios a  pesar de la evidencia de que no habrá futuro sin cooperación mutua.
Alguien en un mercado de Wuhan, en la lejanísima China, contrae un virus (debido a la depredación imparable y salvaje del medio natural)  y a los pocos meses la actividad mundial queda paralizada. ¿Es esto evidencia de que como humanidad somos un único organismo cuya defensa debería ser igualmente unificada? Cualquiera diría que sí. Sin embargo los gobiernos del planeta actúan como si estuvieran solos en la Tierra. Reaccionan únicamente en función de aquello que garantice su continuidad en el poder.
¿Hemos aprendido como individuos  y han aprendido los gobiernos con este baño de realidad que la única opción es la actitud colaborativa? No. Por eso ahora asistimos ahora al espectáculo aún más bochornoso de la pelea por la ansiada vacuna que nos libre de esta parálisis social que se lleva por delante la vida económica de los países.
Todo lleva a pensar que, como animales inteligentes que nos decimos, dejamos mucho que desear: más que seres superiores capaces de aprender de las equivocaciones somos meros depredadores cortoplacistas  sin visión de futuro. Y eso sí que da miedo.



EL BRIBÓN


EL  BRIBÓN

Bribón es el nombre con que bautizó el rey Juan Carlos a su primer yate de competición, algo que, a la luz de las últimas noticias sobre  el tema, podemos considerar como una autodefinición y una declaración de intenciones al mismo tiempo para alguien que siempre ha entendido  su papel de Estado como un lucrativo negocio personal. Al siguiente le llamó Fortuna: el Bribón ya había prosperado.
No estuvo solo en esta tomadura de pelo masiva a la ciudadanía. Tuvo y tiene la ayuda inestimable de una prensa y unas instituciones vergonzosamente cortesanas y encubridoras de sus manejos, algo que habría que indagar y eventualmente juzgar porque los delitos son de tal calado que han sido investigados por la fiscalía suiza. Según los indicios, el rey cobraba comisiones ilegales en negocios privados valiéndose de su figura como monarca; transportaba dinero negro en aviones oficiales, en viajes oficiales, metiendo maletines a través del aeropuerto de Barajas como si se tratara de bombones Lady Godiva y contando los billetes con una maquinita en Zarzuela, como un contable de la mafia; diciéndose rey de todos los españoles y llevándose su fortuna a paraísos fiscales a lo largo y ancho del planeta (podríamos perdonar el insulto pero no el delito);  pasando por marido y padre ejemplar y pillado con una rubia dudosa de cacería en Botswana...  Y para coronar el cachondeo, en los discursos navideños pedía a la ciudadanía una ejemplaridad cuyo modelo él mismo representaba y hablaba de que la “justicia era igual para todos”,  algo que sólo cabe interpretar como un cruel sarcasmo. Ya no se puede defender esta institución sin caer en el ridículo más espantoso, y mira que los monárquicos perseveran.  Estas cosas son las que sabemos, cómo serán las que ignoramos.
Si trascendemos la anécdota, constatamos que todos esos presuntos delitos han sido posibles gracias a que el  rey ha sido y sigue siendo legalmente inviolable, constitucionalmente irresponsable. Dicho de otro modo: la figura del monarca tiene patente de corso. Y así la ha hecho valer. Los monárquicos quieren que se perdonen los “pecadillos” del emérito y que no salpiquen a la Corona (que para ellos sigue siendo ejemplar, como siempre ha sido…). Pero  ¿por qué hemos de suponer que su hijo, el rey Felipe VI, se comporta de modo distinto cuando tienen las mismas prerrogativas? De hecho, cuando el padre le legó  los 100 millones de euros de las comisiones del AVE a la Meca, Felipe VI lo supo de forma oficial en 2019 (porque así se lo comunicó un despacho de abogados británico) pero sólo lo hizo público en 2020, apantallado por la pandemia, y no por intención de transparencia sino porque  la bola de nieve era de tal magnitud que era necesario frenarla antes de que se llevara por delante el edificio de la Corona. Si los negocios turbios los heredó el yerno, sólo con un acto de fe podemos creer que no los ha heredado también el hijo, porque la transparencia de la institución sigue siendo la misma. Después de estos hechos, el hijo ha intentado desvincularse del padre, pero ¿cómo se puede hacer esto en una institución que basa su legitimidad precisamente en la filiación? Para heredar la Corona me vale el padre, para heredar  la mala prensa del uso que de ella ha hecho, ya no. Que no nos falte nunca un buen doble rasero.
No es que el rey emérito haya resultado ser un sujeto que se ha reído de España, de los españoles, de las instituciones, de su familia y del copón de la baraja, qué mala suerte hemos tenido, oye. No. Todo esto ha sido posible y lo sigue siendo porque la corona es una institución caduca, más que presuntamente corrupta, fundamentada sobre la desigualdad del privilegio de sangre, que no es electiva sino que se hereda por vía de nacimiento, que no la hemos elegido sino que se nos impuso en un trágala de la Transición como una herencia intacta del franquismo, ¿qué clase de democracia somos si permitimos la pervivencia de una institución como esta, máxime con lo que ya sabemos sobre los usos y costumbres de la Corona gracias al emérito?, ¿no deberíamos, como ciudadanía hacer valer nuestra dignidad y someter a referéndum la pertinencia en democracia de una institución de estas características?
Hemos estado representados por, según todos los indicios, un presunto delincuente fiscal ¿Lo damos por bueno, liquidando con ello los restos de dignidad que nos queden o clamamos por su procesamiento? Si lo damos por bueno aceptamos que convivan dos relatos contradictorios: el contado habla de un rey ejemplar, el real habla de un defraudador como Jefe de Estado. Ya no son medias verdades, rumores, cosas que se cuentan y de las que tenemos sospecha aunque no evidencia: ahora quedan pocas dudas. Y deberíamos poder elegir. El gobierno de coalición debe tomar una decisión  que esté a la altura del reto. Y no es fácil.


lunes, 22 de junio de 2020

PONER EL CUERPO


PONER EL CUERPO

Hay una creciente falta de fisicidad en el modo en que vivimos en Occidente. Falta el cuerpo y faltan elementos físicos en multitud de órdenes de nuestra vida. Los niños y las niñas ya no juegan a juegos presenciales desde edades demasiado tempranas. Dedican horas y horas a las pantallas, horas que deberían dedicar a correr, a perseguirse, tocarse, pelearse. Hemos permitido en muchas ocasiones que pierdan incluso el contacto amable de un libro: las pantallas les ofrecen entretenimiento fácil e inmediato, sin necesidad de esfuerzo alguno. Error nuestro. Nosotros también estamos atravesados por esa lenta desaparición de lo físico en nuestra vida. Utilizamos con escasa frecuencia el dinero contante y sonante, lo cual no es bueno ni malo, solo un hecho. La música está almacenada en la web, al alcance de un click, ya nadie usa CDs y las nuevas generaciones no saben lo que es un disco de vinilo. Los libros se nos ofrecen en formato digital. Las amistades nos saludan desde pantallas parpadeantes. Las relaciones se establecen a distancia por medio de aplicaciones ad hoc. Las compras se realizan a través de internet, sin que nuestra presencia sea necesaria. Los trabajos se pueden realizar desde un ordenador. De hecho, cuanta menos corporeidad comporta un trabajo, mejor considerado está este.


Pero no dejamos de ser seres materiales, carne mortal, y esa materialidad requiere de cuidados. El peso de la fisicidad recae sobre las capas más bajas de la sociedad y sobre las personas inmigrantes. Son ellos quienes se ocupan de cultivar las verduras que nos comemos,  de construir las casas que nos dan refugio, de conducir los camiones  de reparto que nos traen a casa todo lo necesario, de cuidar a nuestros mayores y a nuestros niños porque los cuidados físicos son también una parte de esa fisicidad a la que hemos renunciado. Son los más pobres quienes soportan el peso de lo material. Los ricos y las clases medias ya no usan el cuerpo si no es para actividades placenteras. Paradójicamente (o no) los que soportan la fisicidad son además los peor considerados y peor pagados, cuando no perseguidos por el egoísmo, la insolidaridad y la xenofobia.
La falta de fisicidad en nuestras vidas se ha puesto de manifiesto en toda su extensión durante esta pandemia y nos ha ayudado a mantenernos encerrados y conectados con el mundo al mismo tiempo. Trabajar desde casa ha sido una opción que en muchísimos casos ha permitido que continuemos con nuestra actividad. Nuestro cuerpo sólo ha sido necesario ante la pantalla de un ordenador. Los niños y las niñas han recibido las tareas online, para que su formación no se viera interrumpida. Hemos accedido a conciertos, libros, películas, llamadas de teléfono en grupo, presencias virtuales, una abrumadora cantidad de información porque daba la sensación de que teníamos que aprovechar todo ese tiempo detenido y sacarle el mayor partido posible. El aburrimiento, el imprescindible aburrimiento, estaba mal visto y ha sido perseguido hasta el último rincón como si hubiera que sacar rendimiento a todo pues lo que no rinde es inútil y nos devalúa. Debido a esa presión social de lo “útil” apenas quedan  en nuestro interior habitaciones libres que puedan ser ocupadas por la reflexión y la calma y por supuesto, por el aburrimiento.
Todo lo que teníamos que hacer para detener la pandemia era quitar de en medio nuestro cuerpo y lo hemos hecho, más o menos bien. Pero para que nosotros quitemos el cuerpo, otras personas han tenido que ponerlo: repartidores, cajeras de supermercado, trabajadores de sectores esenciales, fuerzas de seguridad. Y personal sanitario, sobre todo el personal sanitario.  Con ellos ha pasado lo que pasa siempre: los que ponen el cuerpo son los que lo pierden. Lo hemos comprobado dolorosamente durante esta pandemia,  tantos enfermos y muertos entre el personal sanitario,  única barrera activa entre nosotros y la temida enfermedad.  Podemos decir sin exagerar algo casi litúrgico: han muerto por nosotros, han interpuesto sus cuerpos para proteger los nuestros. Es su profesión,  es verdad,  pero aún así... Espero que nadie piense que  pueden darse por pagados con los aplausos de las ocho pero por encima de todo espero que la ciudadanía se acuerde del personal sanitario y de lo imprescindible  que es una sanidad pública y universal a la hora de depositar el voto. Confío en que hayamos comprendido como sociedad que una sanidad fuerte y bien abastecida es garantía de protección y seguridad y lo será cada vez más de aquí en adelante, que los recortes en Sanidad de estos años han significado falta de medios durante la pandemia y en consecuencia muertes, muertes que  se podían haber evitado. Ojalá seamos capaces de comprender que los aplausos y el reconocimiento están bien pero que quien nos cuida precisa sobre todo de medios. Es imprescindible que se haga esta reflexión por nosotros y por nuestros sanitarios. Qué menos, ellos y ellas ponen el cuerpo.


https://www.eldiario.es/murcia/murcia_y_aparte/Poner-cuerpo-Murica-coronavirus_6_1031056933.html